Las enfermedades cardiovasculares continúan encabezando las causas de mortalidad. Sin embargo, existe un fenómeno recurrente que desconcierta a los especialistas: pacientes con hábitos saludables, sin hipertensión ni tabaquismo y con niveles de colesterol LDL (“malo”) bajo control, que aun así sufren un infarto o un ictus isquémico prematuro. La respuesta a este riesgo residual parece residir en una partícula concreta: la Lipoproteína(a) o Lp(a).
A diferencia de otros lípidos influenciados por la dieta o el ejercicio, la concentración de Lp(a) está determinada genéticamente hasta en un 90 %. Esto significa que sus niveles permanecen prácticamente estables a lo largo de la vida, independientemente de los cambios en el estilo de vida. Se estima que entre el 10 % y el 30 % de la población mundial presenta cifras elevadas de esta lipoproteína (por encima de 50 mg/dL), lo que incrementa significativamente la predisposición a desarrollar estenosis aórtica, cardiopatía isquémica o accidentes cerebrovasculares.
Un marcador genético clave en el laboratorio clínico
La causa de su peligrosidad reside en su estructura bioquímica: además de transportar colesterol, porta fosfolípidos oxidados que favorecen la inflamación y la formación de placas de ateroma en las arterias[cite: 1]. Pese a su impacto, gran parte de la población nunca se ha realizado un análisis para medir esta partícula.
La Sociedad Española de Bioquímica Clínica y Patología Molecular (SEQCML) y diversas guías internacionales comienzan a recomendar la determinación de Lp(a) al menos una vez en la vida en la población adulta. Esta medición resulta vital para identificar a personas con riesgo cardiovascular oculto, reclasificar a pacientes en prevención primaria y adaptar las estrategias terapéuticas preventivas antes de que se produzca un evento grave.


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